Cuentan que cuando Rafa Nadal era chaval, perdió un partido porque su raqueta estaba defectuosa.
Pero no lo supo hasta después.
Durante todo el encuentro, cada vez que la bola salía volando o se estrellaba contra la red, no pensaba “qué basura de raqueta tengo”, sino “he fallado yo”.
Y eso es exactamente lo que le hizo imparable.
El 99% de la gente culpa a la raqueta:
—“Es que mi jefe no me valora”
—“Es que no tengo tiempo”
—“Es que mi pareja no me apoya”
—“Es que la economía…”
Nadal perdió ese partido.
Pero su carrera no se definió por un partido.
Se definió por la media de todos los que jugó.
Y por la mentalidad con la que los jugó:
todo es mi responsabilidad.
¿Te imaginas lo que podrías conseguir si asumes que cada resultado de tu vida depende de ti, aunque la raqueta esté rota?
Porque si es culpa tuya, también es tuyo el poder de cambiarlo.
Si la culpa es de fuera, estás muerto.
Te toca esperar que el universo se alinee.
Nadal no esperó nada. Se convirtió en uno de los mejores tenistas de la historia.
Porque lo fácil es quejarte.
Lo difícil es hacerte cargo.
Pero lo difícil… es lo que funciona.
Aquí te explico más:
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Pero sí prefieres seguir quejándote del universo mejor déjalo pasar.
Abrazo.