— ¿Qué hora es?
— Las nueve.
— Mil gracias.
— ¿Me pasas el salero?
— Aquí tienes.
— Mil gracias.
Hoy todo son mil gracias.
Es la tónica.
Una forma de pedir perdón por existir.
Porque cuando exageras el agradecimiento, lo estás diciendo sin decirlo:
“Perdón por molestarte.”
“Espero que no te caiga mal porque te hable.”
“No me odies, porfa.”
Y claro, cuando todo se agradece como si te acabaran de donar un riñón, el “gracias” auténtico pierde valor.
¿Te recogen la cartera del suelo?
¿Te salvan de atragantarte?
¿Qué haces?
¿Mil millones de gracias?
Sobreagradecer no es educación.
Es necesidad.
Es inseguridad.
¿Y sabes qué hace la necesidad?
Pues que te convierte como en ese típico amigo que siempre se ofrece a ayudar, a escuchar, a estar ahí…
Y nadie quiere nada con él,
porque huele a desesperación.
Por eso, antes de soltar otro “mil gracias” por cualquier cosa,
piensa si realmente agradeces…
o estás buscando caer bien.
Porque lo segundo, te debilita.
Y ahora que ya lo sabes, sigue con esto:
[ LIBRO ] Claridad Ancestral (12,95 €)
Te va a enseñar a gustarte tú primero.
Mil de nadas.
Abrazo.